lunes, 19 de octubre de 2015

ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES (1973) - Primera Parte


PRIMERA PARTE 
Déjame reposar, aflojar los músculos del corazón y poner a dormitar el alma para poder hablar, para poder recordar estos días, los más largos del tiempo. 

Convalecemos de la angustia apenas y estamos débiles, asustadizos, despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño para verte en la noche y saber que respiras. 
Necesitamos despertar para estar más despiertos en esta pesadilla llena de gentes y ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas, por eso es que este hachazo nos sacude. 
Nunca frente a tu muerte nos paramos a pensar en la muerte, ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría. 
No lo sabemos bien, pero de pronto llega un incesante aviso, una escapada espada de la boca de Dios que cae y cae y cae lentamente. 
Y he aquí que temblamos de miedo, que nos ahoga el llanto contenido, que nos aprieta la garganta el miedo

Nos echamos a andar y no paramos de andar jamás, después de medianoche, en ese pasillo del sanatorio silencioso donde hay una enfermera despierta de ángel. 
Esperar que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir a poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no dormías, 
ni túnel más espeso de horror y de miseria que el que llenaban tus lamentos, tu pobre cuerpo herido.
II
 Del mar, también del mar, de la tela del mar que nos envuelve, de los golpes del may y de su boca, de su pagina obscura, de su vómito, de su pureza tétrica y profunda, vienen la muerte, Dios, el aguacero golpeando las persianas, la noche, el viento. 

De la tierra también, de las raíces agudas de las casas, del pie desnudo y sangrante de los árboles, de algunas rocas viejas que no pueden moverse, de lamentables charcos, ataúdes del agua, de tronco derribados en que ahora duerme el rayo, y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo, viene Dios, el manco de cien manos, ciego de tantos ojos, dulcísimo, impotente. (Omniausente, lleno de amor, el viejo sordo, sin hijos, derrama su corazón en la copa de su vientre.) 

De los huesos también, de la sal más entera de la sangre, del ácido más fiel, del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado, del hígado y del llanto, viene el oleaje tenso de la muerte, el frió sudor de la esperanza, y viene Dios riendo. 
Caminan los libros a la hoguera, se levanta el telón: aparece el mar 
(Yo no soy el autor del mar.)

III
 Siete caídas sufrió el elote de mi mano antes de que mi hambre lo encontrara, siete veces mil veces he muerto y estoy risueño como en el primer día. 
Nadie dirá: no supo de la vida más que los bueyes, ni menos que las golondrinas. 
Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro, hijo de Dios desmemoriado, hermano del viento. ¡A la chingada las lágrimas!, dije, y me puse a llorar como se ponen a parir. 
Estoy descalzo, me gusta pisar el agua y las piedras, las mujeres, el tiempo, me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba (si es que tengo una tumba algún día). 
Me gusta mi rosal de cera en el jardín que la noche visita. Me gustan mis abuelos de totomoste y me gustan mis zapatos vacíos esperándome como el día de mañana. ¡A la chingada la muerte!, dije, sombra de mi sueño, perversión de los ángeles, y me entregué a morir como una piedra al río, como un disparo al vuelo de los pájaros.

IV 
Vamos a hablar del Príncipe Cáncer, Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata, que se divierte arrojando dardos a los ovarios tersos, a las vaginas mustias, a las ingles multitudinarias. 

Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer en la raíz del cuello, sobre la subclavia, tubérculo del bueno de Dios, ampolleta de la buena muerte, y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo. El Señor Cáncer, El Señor Pendejo, es sólo un instrumento en las manos obscuras de los dulces personales que hacen la vida.

 En las cuatro gavetas del archivero de madera guardo los nombres queridos, la ropa de los fantasmas familiares, las palabras que rondan y mis pieles sucesivas. 

También están los rostros de algunas mujeres, los ojos amados y solos y el beso casto del coito. Y de las gavetas salen mis hijos. ¡Bien haya la sombra del árbol llegando a la tierra, porque es la luz que llega!


De las nueve de la noche en adelante viendo la televisión y conversando estoy esperando la muerte de mi padre. Desde hace tres meses, esperando. En el trabajo y en la borrachera, en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, en su dolor tan lleno y derramado, su no dormir, su queja y su protesta, en el tanque de oxígeno y las muelas del día que amanece, buscando la esperanza. 

Mirando su cadáver en los huesos que es ahora mi padre, e introduciendo agujas en las escasas venas, tratando de meterle la vida, de soplarle en la boca el aire... 
(Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas. ¡Maldito el que crea que esto es un poema!) 
Quiero decir que no soy enfermero, padrote de la muerte, orador de panteones, alcahuete, pinche de Dios, sacerdote de las penas. Quiero decir que a mí me sobra el aire...

VI 
Te enterramos ayer. Ayer te enterramos. Te echamos tierra ayer. Quedaste en la tierra ayer. Estás rodeado de tierra desde ayer. 
Arriba y abajo y a los lados por tus pies y por tu cabeza está la tierra desde ayer. Te metimos en la tierra, te tapamos con tierra ayer. Perteneces a la tierra desde ayer.
 Ayer te enterramos en la tierra, ayer.

VIII 
No podrás morir. Debajo de la tierra no podrás morir. 
Sin agua y sin aire no podrás morir. 
Sin azúcar, sin leche, sin frijoles, sin carne, sin harina, sin higos, no podrás morir. 
Sin mujer y sin hijos no podrás morir. 
Debajo de la vida no podrás morir. En tu tanque de tierra no podrás morir.
 En tu caja de muerto no podrás morir. 
En tus venas sin sangre no podrás morir. 
En tu pecho vacío no podrás morir.
 En tu boca sin fuego no podrás morir. 
En tus ojos sin nadie no podrás morir. 
En tu carne sin llanto no podrás morir. 
No podrás morir

No podrás morir. 
No podrás morir. 
Enterramos tu traje, tus zapatos, el cáncer; no podrás morir. 
Tu silencio enterramos. Tu cuerpo con candados. 
Tus canas finas, tu dolor clausurado. No podrás morir.

IX 
Te fuiste no sé a donde. 
Te espera tu cuarto. 
Mi mamá, Juan y Jorge te estamos esperando. 
Nos han dado abrazos de condolencia, y recibimos cartas,
 telegramas, noticias de que te enterramos, 
pero tu nieta más pequeña te busca en el cuarto, y todos, sin decirlo, te estamos esperando.

XIII 
Padre mío, señor mío, hermano mío, amigo de mi alma, tierno y fuerte, 
saca tu cuerpo viejo, viejo mío, saca tu cuerpo de la muerte. 
Saca tu corazón igual que un río, tu frente limpia en que aprendí a quererte, 
tu brazo como un árbol en el frío saca todo tu cuerpo de la muerte. 
Amo tus canas, tu mentón austero, tu boca firme y tu mirada abierta,
 tu pecho vasto y sólido y certero. 
Estoy llamando, tirándote la puerta.
Parece que yo soy el que me muero: 
¡padre mío, despierta!

XVII 
Me acostumbraste a guardarte
, a llevarte lo mismo que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza. 
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
 Eras, cuando estoy triste mi tristeza.
Eras, cuan caía, eras mi abismo, cuando me levantaba, mi fortaleza. 
Eras brisa y sudor y cataclismo, y eras el pan caliente sobre la mesa. 
Amputado de ti, a medias hecho hombre o sombra de ti, sólo tu hijo, 
desmantelada el alma, abierto el pecho, 
ofrezco a tu dolor un crucifijo:
 te doy un palo, una piedra, un helecho, mis hijos y mis días, y me aflijo

MAL TIEMPO (1972) - Como pájaros perdidos



COMO PÁJAROS PERDIDOS 

II
¿Creíste que podías burlar a tu destino? El mar arroja a los ahogados
prematuros y la muerte no abre sus puertas sino a la hora precisa.
 Tu cadáver te ha de alcanzar, no tengas cuidado. 

VII 
Te dicen descuidado porque ellos están acostumbrados a los jardines, no
a la selva. 

XIV
 El piquete de una mariposa es más peligroso, mucho más que el de una víbora. 

XVIII El crimen perfecto sería un suicidio con apariencias de crimen. (Meterme un 
balazo por la espalda un día de éstos.)

XX 
Me habló de la marihuana, de la heroína, de los hongos, de la llaguasa.
 Por medio de las drogas llegaba a Dios, 
se hacía perfecto, desaparecía.
Pero yo prefiero mis viejos alucinantes: 
la soledad, el amor, la muerte. 

XXXVI 
La policía irrumpió en la casa y atrapó a los participantes de aquella fiesta.
 Se los llevó a la cárcel por lujuriosos y perversos. 
Era natural. La policía no puede irrumpir en las calles y acabar con otros escándalos, 
como el de la miseria. 

XXXVIII 
El infame despertador, estrellado sobre la pared, 
hecho pedazos, repiquetea todavía, 
brinca de un lado a otro, gozoso, perverso, vengativo

MAL TIEMPO (1972) - Tlateltolco 68


TLATELOLCO 68
 I 
Nadie sabe el número exacto de los muertos, 
ni siquiera los asesinos, 
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente ya llego a la historia este hombre pequeño por todas partes, incapaz de todo menos del rencor.) 

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen 
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor, 
aquí han matado al pueblo: 
}no eran obreros parapetados en la huelga, eran mujeres y niños, 
estudiantes, jovencitos de quince años,
 una muchacha que iba al cine, una criatura en el vientre de su madre,
 todos barridos, 
certeramente acribillados por la metralla del Orden y la Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
 y el pueblo se aprestaba jubiloso a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.


MAL TIEMPO (1972) - Sobre el asfalto


SOBRE EL ASFALTO se mece el trigo de la madrugada. Pájaros prematuros cantan picando 
las paredes y los ventanales. El aire fresco se desliza, por
 fin, libre del campo.

 El barrendero silvestre, en punto de las seis, pasa su escoba, anunciando 
los maleficios del día, las acechanzas del sol sobre la ciudad inerte. 
Todo ha acabado. La luz, enemiga de la magia, atraviesa los párpados, echa a andar
 los relojes de la turbulencia.

MAL TIEMPO (1972) - Me preocupa el televisor.


ME PREOCUPA EL TELEVISOR. Da imágenes distorsionadas últimamente. 
Las caras se alargan de manera ridícula, o se acortan, 
tiemblan indistintamente, hasta volverse un juego monstruoso de rostros inventados,
 rayas, luces y sombras como en una pesadilla. 

Se oyen las palabras claramente, la música, los efectos de sonido,
pero no corresponden a la realidad, se atrasan, se anticipan, se montan sobre los gestos que uno adivina. 
Me dicen que un técnico lo arreglaría en dos o tres días, pero yo me resisto.
 No quiero la violencia: le meterían las manos, le quitarían las partes, le harían injertos ominosos, trasplantes arriesgados y no siempre efectivos. 
No volvería a ser el mismo. Ojalá que supere esta crisis.
Porque lo que tiene es una fiebre tremenda, un dolor de cabeza, una nausea horrible, que lo hace soñar estas cosas que vemos.

MAL TIEMPO (1972) - Para hacer funcionar a las estrellas


PARA HACER FUNCIONAR A LAS ESTRELLAS es necesario apretar el botón azul. 

Las rosas están insoportables en el florero. 
¿Porqué me levanto a las tres de la mañana mientras todos duermen? ¿Mi 
corazón sonámbulo se pone a andar sobre las azoteas detectando los 
crímenes, investigando el amor? 

Tengo todas las páginas para escribir, tengo el silencio, la soledad, el 
amoroso insomnio: pero sólo hay temblores subterráneos, hojas de angustia 
que aplasta una serpiente en sombra. No hay nada que decir: es el presagio, sólo el presagio
 de nuestro nacimiento

MAL TIEMPO (1972) - Doña Luz


DOÑA LUZ 
IV 
Creo que estuvo en la tierra algunos años. Creo que yo también estuve en
 la tierra. ¿Cuál es esa frontera?, ¿qué es lo que ahora nos separa? ¿nos separa 
realmente? 
A veces creo escucharla: tú eres el fantasma, tú la sombra. Sueña que 
vives, hijo, porque es hermoso el sueño de la vida.

En un principio, con el rencor de su agonía, no podía dormir. Tercas, 
dolorosas imágenes repetían su muerte noche a noche. Eran mis ojos sucios, 
lastimados de verla; el tiempo del sobresalto y de la angustia. ¡Qué infinita
 caídas agarrado a la almohada, la oscuridad girando, la boca seca, el 
espanto! 

Pero una vez, amaneciendo, la luz indecisa en las ventanas, pasó su mano 
sobre mi rostro, cerró mis ojos.
 ¡Qué confortablemente ciego estoy de ella! ¡Qué bien me alcanza su ternura! 
¡Qué grande ha de ser su amor que meda su olvido!

VII 
De repente, qué pocas palabras quedan: amor y muerte. 
Pájaros quemados aletean en las entrañas de uno. 
Dame un golpe, despiértame. 
Dios mío, ¿qué Dios tienes tu? ¿quién es tu Dios padre, tu Dios abuelo? 
¡Que desamparado ha de estar el Dios primero, el último! 

Sólo la muerte se basta a sí misma. Se alimenta de sus propios excrementos.
 Tiene los ojos encontrados, mirándose entre sí, perpetuamente. 
¡Y el amor! El amor es el aprendizaje de la muerte.

XI 
Dame la mano, o cógete del brazo, de mi brazo. Entra al coche. Te llevaré a 
dar el último paseo por el bosque. 
Querías vivir, lo supe. Insistías en que todo era hermoso, pero tu sangre 
caía como un muro vencido. Tus ojos se apagaban detrás de ti misma. 
cuando dijiste “volvamos” ya estabas muerta.
 ¡Qué dignidad, qué herencia! Nos prohíbes las lágrimas ahora. 
No nos queda otro remedio que ser hombres.

XVII
 Lloverás en el tiempo de lluvia, 
harás calor en el verano, 
harás frío en el atardecer. 
Volverás a morir otras mil veces. 

Florecerás cuando todo florezca.
 No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella, 
la semilla del viento en el agua,
 el esqueleto de las hojas en la tierra. 
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras
 en el corazón de los árboles la palabra amor.

No somos nada, nadie, madre. 
Es inútil vivir 
pero es más inútil morir

XXIV 

Todo esto es un cuento, lo sabemos. He querido hacer un poema con tu 
muerte y he aquí que tengo la cabeza rota, las manos vacías. No hay poesía
 en la muerte. En la muerte no hay nada.

Tú me das el poema cuando te sientas a mi lado, cuando hablamos ¡En 
sueños! ¿No serán los sueños sólo la parte subterránea de este río que 
amanece cargado de esencias? ¿No serán el momento de conocer 
para siempre el corazón oculto de la tierra? 

¿Quién canta? El que lloró hace rato. ¿Quién va a vivir ahora? Los que 
estábamos muertos. 

El paralítico se levanta todos los días, a andar, mientras el ciego atesora
 la luz para siempre. 

Por eso el hambriento tiene el pan, y al amoroso no lo sacia la vida.